Venía caminando con perros, los ojos en la panadería de la esquina, un viento de dioses. Y cosa tirada me engancha la vista. Una mariposa enorme, negra y blanca, desplomada. Llena de ese polvo brillante que acostumbran, hecha de polen. Qué precioso animal. Me agacho, la tomo de un ala y la otra, la doblo a la mitad. Se me ocurre un papel lleno de témpera, la pintura fresca al plegarlo, la mariposa que queda de goma seca. La meto en la riñonera, la escondo atrás del tabaco, no vaya a ser cosa que la panadera. Medio kilo por favor, setenta como siempre, acá tu vuelto, gracias, gracias a vos. La pienso embalsamada, faraona hermosa, o entre cristal. Abro la puerta, prendo la tostadora y apago la cafetera. Busco el bicho grandioso, voy a ostentarlo sobre la mesa. Le agarro las alas témperas, y su cuerpo gusano se bate. La suelto. Va a pararse sobre el infame palo de escoba. Y ahí se quiere quedar a vivir. Tiene el diseño partido en la punta, airea las alas. Me mira a los ojos, da espanto. Le crecen dos antenas que terminan en espiral, tiene el pico de las moscas. Es un alien miniatura la mariposa. Que se suba a mi dedo le muestro, que te alcanzo al balcón y viene. Gatea en patas raquíticas y pegajosas, llega al antebrazo, va dejando una baba. Abro la ventana y entra el viento de los dioses que la sacude. Me aprieta con sus pies insectos, se fija acuosa en mi piel. Cierro la ventana es que no puede volar así. Le muestro una lapicera, acá cachorro, y se sube. Chorrea su baba sobre la tinta azul. Apoyo la lapicera en equilibrio sobre una taza de motivos orientales, un emperador de bigotes dorados. Crece adentro un potus y pienso que es su hábitat. Le gusta, se encaja. Tarda unos minutos en confiar en su nuevo suelo, la miro tomando café. Al rato está de acá para allá con sus patitas viscosas de un verde al otro desplegando su trompa minúscula. Y toma envión. Se despega, aletea con furia. Encara el pedazo de cielo que se ve y choca contra el vidrio. Se queda, terca, aguantando con las alas en el lugar, contra el vidrio, como un pez. La imagino doblada en la riñonera, la baba en las llaves. Deslizo el lado de la ventana en el que no está flotando. Lo siente, el viento empujando contra todo. Lo decide, suicida ella, salir. La veo revolearse en el aire como ahogada, como un trompo, y desaparece hacia arriba.


Para Ana con estima,

Hace poco mas de dos meses volví a Buenos Aires. Ya llené la azucarera por lo menos cuatro veces, tanto café. Hoy se vació el salero por primera vez y por no llenarlo usé salsa de soja. Estoy hablando de sacar la basura, Ana, de planchar la ropa o tender la cama: de la inercia y de los rituales.

A las nueve y media, siempre pasadas, suena el portero y con un tono que pretende ser casual y hasta intrigado digo ¿holá? Y la voz, tu voz, se escucha entrecortada y con un zumbido sordo de fondo, maldito aparato. Decís cada vez Soy Ana vengo a buscar a Talo. Una bronca se acumula adentro, entre el pecho y la garganta y contesto ahí bajo. Sueno de buena gana, me ocupo de eso.

Es una bronca a la naturalidad inducida de la repetición. A tener de lunes a viernes el mismo intercambio de palabras coordinadas en torno a la comodidad de abrir un cajón y saber que ahí, inamovibles, van a estar las cucharitas para revolver el café al que voy a ponerle un poco más de la mitad de una cucharadita del azúcar que va bajando día a día en la azucarera azul. Una rabia, Ana, que sube y me nubla la vista de ver al perro que salta como un desaforado dándome vueltas alrededor, metiendo un pata en el pote con agua y dejando sus huellas en la diminuta cocina. De saber que va a correr escaleras abajo y que cuando yo llegue va a estar a dos patas frente a la puerta de vidrio y vos, Ana, sonriéndome, un poco incómoda, porque también debés sentir la repetición. La tenés que ver. Y un día, pienso, voy a bajar con esta maraña en la cabeza y voy a decirte: Ana, Ftalo se escribe con una efe muda que también podría ser pe-hache. Ftalocianina, es un pigmento azul, un día subís y te muestro cuál. Pero no lo voy a hacer. Sé que no. Pero vos no tenés la culpa, Ana, ya lo sé. Y yo tampoco la tengo. No me mires así cuando con una mueca torcida y un tono que me recuerda al de mi madre cuando disimula su incomodidad, te saludo como todos los días, hola Ana qué tal. Yo tampoco tengo la culpa de que cuando ponés las milanesas en el horno y lo volvés a abrir, sigan ahí, dorándose en el tiempo lineal. Sería lindo, Ana, abrir el horno y encontrar el pan rallado en su bolsa de plástico amarilla y los huevos todavía con cáscara y sin batir. Y no asustarse ni pensar cómo si yo ya las había preparado. Sería lindo, Ana, abrir el libro y que ahí, encima de la palabra tan hermosa que subrayaste, estuviesen las milanesas que quisiste comer mañana.

Creo que podemos, Ana, decir de vez en cuando alguna otra cosa en el portero eléctrico.


Oxón a que desenfundás ese auto. Viene de odds-on, en inglés, y alguien lo transformó en verbo: oxonear. Decís oxón a que haces tal cosa y el otro responde del 1 al 10 o del 1 al 35, si es muy difícil. Del 1 al 1500 si es tatuarse mamá adentro de un corazón con flechas. Cuentan juntes hasta tres, 1...2...3... y cada uno dice un número dentro del rango elegido. Si coinciden entonces se hace el oxón y si no, no.

Esa noche yo tenía activo lo de leer las mentes. A veces me pasa. A veces puedo leer la mente. No lo digo porque la gente quiere demostraciones. No sé controlarlo y si me inquieto seguro que no me sale. Me di cuenta que tenía este talento de chica, una vez que le pregunté a mamá donde estaban las Merengadas. Me dijo que no había pero para adentro pensó en el estante de arriba de la heladera. Fui a la cocina caminando con la punta de los pies a probar mi visión. Me trepé de un salto a la mesada, hice equilibrio sobre el mármol frío y ahí estaban. Comí el paquete entero, un festín en honor al nuevo don.


Paseábamos los perros con Ángela y Carbon Based Kid. Deambulábamos sosteniendo copas llenas de vino que habíamos sacado de la casa. Caminamos las cuadras de acá cerca en pantuflas y las sentimos la extensión de nuestro territorio. Ángela usa ese nombre, que era de su tía abuela, porque no le gusta el suyo. Cuando la vieja murió pidió quedarse con sus libros. Después de revisar los títulos, los juzgó hermosos y decidió quedarse también con el nombre. Carbon Based Kid se llama así porque se sabe un chico normal y está orgulloso de eso, es un chico de carbono como todos los demás. Le dije al Kid oxón a que desenfundás ese auto. En la esquina de Felipe Vallese y Cucha Cucha hay un auto que está cubierto por una lona gris. O una lona que fue plateada antes de tantas lluvias. Está atada por sogas tirantes que dejan ver clarísimo que hay un auto debajo y no cualquier otra cosa estacionada en la esquina. Debe tener unos nudos bien hechos porque no se afloja con los días. Me dijo del uno al diez y le regateé dale, del uno al ocho. Ahí no más lo escuché pensar seis. 1...2...3... seis dijimos los dos al mismo tiempo.


El Kid se fue de vacaciones a Calafate y acampó con frío. Cuando le pregunté cómo le había ido me dijo que bien, que había visto caer un pedazo de glaciar. Me mostró una foto y se sinceró: no sé la verdad, no me conmueven los paisajes. Me dan igual las montañas. El glaciar es un hielo enorme que está ahí, sin mérito de nada dijo. Y también dijo que si lo hubiese hecho alguien... que si estuviese en un museo sería increíble. Así es el kid, esas cosas dice.

Se reía histérico, miraba en círculos como un faro a ver si venía alguien. No quería hacerlo, lo lamento, un oxón es un oxón. Empezó por abajo y adelante, desencajó el plástico de las esquinas lo poco que pudo. Había que soltar las sogas. Se acostó abajo del auto, patas afuera, encontró un nudo y lo desató. El plástico cedió, lo levantó hasta la altura de la patente y la suerte tiró todo para atrás. Mirá, termina en 420. El 420 es un comodín. Es un juego diferente pero era irrefutablemente su comodín y el cielo oscuro lo había salvado. Propuso que volviésemos otro día con la escalera, la dejamos abierta al lado y lo hacemos, estaba entusiasmado de repente. Sacó la idea de un video en youtube: son dos tipos vestidos con uniformes iguales, unos mamelucos, y llevan una escalera. Entran al teatro, al congreso, a donde quieren, nadie desconfía, le parecen estrellas. Ángela propuso que fuéramos el miércoles al cine con la escalera, que si arreglaban algo era el día que era barato. Para qué, para entrar. Entrar y llegar lo más lejos posible. Subir las escaleras mecánicas con la de madera a cuestas y plantarla en algún lado. Comprar pochoclo y cambiar un foquito de luz. Eso, para cambiar un foquito de luz. Las copas se habían vaciado con el auto envuelto y con todo lo que se postergaba, así que doblamos en la esquina y encaramos para casa, el miércoles vamos al cine.


La vereda de Felipe Vallese estaba tapada de hojas, casi parecía que caminábamos por el campo tanto ruido a hojita quebrada. Abrieron una nueva cervecería en las canchas de tenis de a la vuelta. Se escuchaban los fanáticos gimiendo, dándole fuerte con la raqueta todavía, tarde a la noche. Le dije a Ángela oxón a que pedís que te llenen la copa con cerveza y que sea roja que me gusta más. Quedamos en jugar a diez y volví a leer la mente: cuatro, cuatro se repetía como para no olvidar. 1...2...3... cuatro, las dos al mismo tiempo. Caminamos los tres hasta la puerta, pero Ángela entró y salió, sin tiempo en el medio. Empezó un discurso sobre la justicia, sobre el día que el Kid haga su oxón, todo lleno de palabras arcaicas, como arcaicas, honra, lealtez. Lealtad, desafié. Lealtitud, me contestó dispuesta. Lealtición, le dije y la provoqué con los ojos, hubiera sacado una espada. Lealtimiento, atacó.

Lealtidad.

Leal.

Lealtura.

Lealtismo, duró y yo me rendí, no iba a pedir cerveza.


Conozco una persona a la que le oxonearon cada vez que pases por un Grido tenés que comprarte un cuarto de kilo. Y ella manda las fotos por el grupo de whatsapp comiendo helado. Es gente que sabe vivir, se toma la vida en serio. Pensé en ella. Pensé en Odo comiéndose una cebolla cruda en la playa, aceptando su derrota. Pensé en la torta de banana y chocolate que no habíamos hecho por no ir a comprar harina leudante. Pensé en arreglar el reflector de la terraza y la cortina del baño. En trasplantar el limonero. En llamar al abuelo. En la pila de libros en la mesita de luz. Pensé en el Kid diciendo que se quiere mudar. En los pantalones que Ángela no terminó de coser. Pensé que nunca íbamos a ir al cine con una escalera y que nunca íbamos a desenfundar el auto. Quise romper la copa contra el piso y no lo hice. Desee que no fuéramos otra vez estos superhéroes desperdiciados. Me enojó que llevásemos nuestros nombres como trajes con poderes y que no sirviesen para nada. Le dije Julián, llevá un rato al perro.


Estos textos son parte de una serie de relatos cortos en los que vengo trabajando. Como en pintura, me cuestiono las ideas de realidad y ficción, intento una búsqueda hacia la extrañeza de lo cotidiano, hacia el absurdo. Se los comparto.