Carlos Ponce se sienta sobre el azul aterciopelado de la silla, madera esculpida, en su escritorio. Por la ventana entra la luz de afuera en una diagonal firme, clara; de todas formas, prende la luz de mesa, el cable cuelga prolijo del lado derecho de la tabla. Carlos Ponce se sienta decidido, se sienta optimista, piensa: voy a escribir. Está resuelto, quiere ser poeta, siempre lo fue, está convencido, es que no lo ha hecho. Ser poeta, está seguro, es ver lo bello en las cosas, es estar enamorado del mundo, él es poeta. Escribir, está seguro Carlos Ponce, es encontrar un pequeño quiebre, fisurita de la realidad, por el que emana lo precioso. Carlos Ponce ha visto miles, fisuritas, busca un hueco por donde entrar. Siente una picazón de fondo, es casi imperceptible, es que no sabe qué escribir. Carlos Ponce está sentado, toca el terciopelo con la mano, lo acaricia. Lo siente suave, se acontenta, qué belleza de butaca piensa, es poeta. Destapa lapicera, abre cuaderno, huele la hoja en blanco. Escribir, está seguro, es sacarse el globo de adentro, dibujarlo afuera. Ama el lenguaje Carlos Ponce, ama las palabras, ha estudiado en su vida cuatro idiomas. Da golpes blandos contra la mesa, la punta chata de la lapicera, se inquieta. Nombra las cosas, Carlos Ponce, para adentro, practica: espejo colgante, ventanal, lámpara de pie, foquito apagado; una maceta, un lirio de la paz, una orquídea marchita. Se repite una orquídea marchita, paladea las palabras, le parecen bellas; quiere escribir, no sabe qué. Mira al techo en un descuido, sin darse cuenta, tira la cabeza para atrás, parece vencido. Reconoce en ese techo la mancha de humedad, cáscara en la pared, se dice, se siente poeta, se endereza. Quiere escribir en verso, quiere hacer una rima, quiere un personaje heroico, un varón hermoso, un acto franco, quiere escribir.

Carlos Ponce abre el cajón del escritorio, manija de bronce, saca mazo de tarot. Prefiere el de Marsella, sus ilustraciones, lo baraja, busca un tema. Despliega las cartas sobre la mesa, abanico de papel, piensa, permanece. Observa los dorsos, espalda de naipe, piensa, espera sentir cuál lo llama. Las mira atento, creyente, busca el hueco. Decide que la espontaneidad de su mano, ese gesto, es la carta que necesita. Arremete Carlos Ponce, señala sedoso con el dedo, la da vuelta. Es la carta de La Luna, arcano dieciocho, desde el suelo dos perros le aúllan, luna redonda, un lago debajo y un cangrejo, un castillo a cada lado. Carlos Ponce la contempla, quiere escribir, se siente indicado. La da vuelta, la avizora, curiosea los colores. Pero nada. Carlos Ponce no sabe qué escribir, la luna gorda no ayuda, guarda el mazo.

Se acerca Carlos Ponce a la ventana, mira afuera, el barrio de Boedo, se dice, no le convence, prueba en francés le cartier, tellement plus beax. Escribir, está seguro, es su destino, es el encanto de la letra, él es poeta. Carlos Ponce mira afuera, las nubes blancas, los techos bajos, los árboles calvos; no sabe qué escribir, piensa en la luna. Le soleil a rendez vous avec la lune, mais la lune n’est pas là et le soleil attend, canta para adentro, rendido, no se le ocurre. Carlos Ponce es poeta, lo sabe, no encuentra el hueco. Carlos Ponce quiere escribir, con todas sus ganas, no sabe qué. Respira a conciencia, tres veces, tapa la lapicera. Carlos Ponce se levanta, camina arrastrando los pies, cierra la puerta.



Venía caminando con perros, los ojos en la panadería de la esquina, un viento de dioses. Y cosa tirada me engancha la vista. Una mariposa enorme, negra y blanca, desplomada. Llena de ese polvo brillante que acostumbran, hecha de polen. Qué precioso animal. Me agacho, la tomo de un ala y la otra, la doblo a la mitad. Se me ocurre un papel lleno de témpera, la pintura fresca al plegarlo, la mariposa que queda de goma seca. La meto en la riñonera, la escondo atrás del tabaco, no vaya a ser cosa que la panadera. Medio kilo por favor, setenta como siempre, acá tu vuelto, gracias, gracias a vos. La pienso embalsamada, faraona hermosa, o entre cristal. Abro la puerta, prendo la tostadora y apago la cafetera. Busco el bicho grandioso, voy a ostentarlo sobre la mesa. Le agarro las alas témperas, y su cuerpo gusano se bate. La suelto. Va a pararse sobre el infame palo de escoba. Y ahí se quiere quedar a vivir. Tiene el diseño partido en la punta, airea las alas. Me mira a los ojos, da espanto. Le crecen dos antenas que terminan en espiral, tiene el pico de las moscas. Es un alien miniatura la mariposa. Que se suba a mi dedo le muestro, que te alcanzo al balcón y viene. Gatea en patas raquíticas y pegajosas, llega al antebrazo, va dejando una baba. Abro la ventana y entra el viento de los dioses que la sacude. Me aprieta con sus pies insectos, se fija acuosa en mi piel. Cierro la ventana es que no puede volar así. Le muestro una lapicera, acá cachorro, y se sube. Chorrea su baba sobre la tinta azul. Apoyo la lapicera en equilibrio sobre una taza de motivos orientales, un emperador de bigotes dorados. Crece adentro un potus y pienso que es su hábitat. Le gusta, se encaja. Tarda unos minutos en confiar en su nuevo suelo, la miro tomando café. Al rato está de acá para allá con sus patitas viscosas de un verde al otro desplegando su trompa minúscula. Y toma envión. Se despega, aletea con furia. Encara el pedazo de cielo que se ve y choca contra el vidrio. Se queda, terca, aguantando con las alas en el lugar, contra el vidrio, como un pez. La imagino doblada en la riñonera, la baba en las llaves. Deslizo el lado de la ventana en el que no está flotando. Lo siente, el viento empujando contra todo. Lo decide, suicida ella, salir. La veo revolearse en el aire como ahogada, como un trompo, y desaparece hacia arriba.


Para Ana con estima,

Hace poco mas de dos meses volví a Buenos Aires. Ya llené la azucarera por lo menos cuatro veces, tanto café. Hoy se vació el salero por primera vez y por no llenarlo usé salsa de soja. Estoy hablando de sacar la basura, Ana, de planchar la ropa o tender la cama: de la inercia y de los rituales.

A las nueve y media, siempre pasadas, suena el portero y con un tono que pretende ser casual y hasta intrigado digo ¿holá? Y la voz, tu voz, se escucha entrecortada y con un zumbido sordo de fondo, maldito aparato. Decís cada vez Soy Ana vengo a buscar a Talo. Una bronca se acumula adentro, entre el pecho y la garganta y contesto ahí bajo. Sueno de buena gana, me ocupo de eso.

Es una bronca a la naturalidad inducida de la repetición. A tener de lunes a viernes el mismo intercambio de palabras coordinadas en torno a la comodidad de abrir un cajón y saber que ahí, inamovibles, van a estar las cucharitas para revolver el café al que voy a ponerle un poco más de la mitad de una cucharadita del azúcar que va bajando día a día en la azucarera azul. Una rabia, Ana, que sube y me nubla la vista de ver al perro que salta como un desaforado dándome vueltas alrededor, metiendo un pata en el pote con agua y dejando sus huellas en la diminuta cocina. De saber que va a correr escaleras abajo y que cuando yo llegue va a estar a dos patas frente a la puerta de vidrio y vos, Ana, sonriéndome, un poco incómoda, porque también debés sentir la repetición. La tenés que ver. Y un día, pienso, voy a bajar con esta maraña en la cabeza y voy a decirte: Ana, Ftalo se escribe con una efe muda que también podría ser pe-hache. Ftalocianina, es un pigmento azul, un día subís y te muestro cuál. Pero no lo voy a hacer. Sé que no. Pero vos no tenés la culpa, Ana, ya lo sé. Y yo tampoco la tengo. No me mires así cuando con una mueca torcida y un tono que me recuerda al de mi madre cuando disimula su incomodidad, te saludo como todos los días, hola Ana qué tal. Yo tampoco tengo la culpa de que cuando ponés las milanesas en el horno y lo volvés a abrir, sigan ahí, dorándose en el tiempo lineal. Sería lindo, Ana, abrir el horno y encontrar el pan rallado en su bolsa de plástico amarilla y los huevos todavía con cáscara y sin batir. Y no asustarse ni pensar cómo si yo ya las había preparado. Sería lindo, Ana, abrir el libro y que ahí, encima de la palabra tan hermosa que subrayaste, estuviesen las milanesas que quisiste comer mañana.

Creo que podemos, Ana, decir de vez en cuando alguna otra cosa en el portero eléctrico.


Estos textos son parte de una serie de relatos cortos en los que vengo trabajando. Como en pintura, me cuestiono las ideas de realidad y ficción, intento una búsqueda hacia la extrañeza de lo cotidiano, hacia el absurdo. Se los comparto.