Oxón a que desenfundás ese auto. Viene de odds-on, en inglés, y alguien lo transformó en verbo: oxonear. Decís oxón a que haces tal cosa y el otro responde del 1 al 10 o del 1 al 35, si es muy difícil. Del 1 al 1500 si es tatuarse mamá adentro de un corazón con flechas. Cuentan juntes hasta tres, 1...2...3... y cada uno dice un número dentro del rango elegido. Si coinciden entonces se hace el oxón y si no, no.

Esa noche yo tenía activo lo de leer las mentes. A veces me pasa. A veces puedo leer la mente. No lo digo porque la gente quiere demostraciones. No sé controlarlo y si me inquieto seguro que no me sale. Me di cuenta que tenía este talento de chica, una vez que le pregunté a mamá donde estaban las Merengadas. Me dijo que no había pero para adentro pensó en el estante de arriba de la heladera. Fui a la cocina caminando con la punta de los pies a probar mi visión. Me trepé de un salto a la mesada, hice equilibrio sobre el mármol frío y ahí estaban. Comí el paquete entero, un festín en honor al nuevo don.


Paseábamos los perros con Ángela y Carbon Based Kid. Deambulábamos sosteniendo copas llenas de vino que habíamos sacado de la casa. Caminamos las cuadras de acá cerca en pantuflas y las sentimos la extensión de nuestro territorio. Ángela usa ese nombre, que era de su tía abuela, porque no le gusta el suyo. Cuando la vieja murió pidió quedarse con sus libros. Después de revisar los títulos, los juzgó hermosos y decidió quedarse también con el nombre. Carbon Based Kid se llama así porque se sabe un chico normal y está orgulloso de eso, es un chico de carbono como todos los demás. Le dije al Kid oxón a que desenfundás ese auto. En la esquina de Felipe Vallese y Cucha Cucha hay un auto que está cubierto por una lona gris. O una lona que fue plateada antes de tantas lluvias. Está atada por sogas tirantes que dejan ver clarísimo que hay un auto debajo y no cualquier otra cosa estacionada en la esquina. Debe tener unos nudos bien hechos porque no se afloja con los días. Me dijo del uno al diez y le regateé dale, del uno al ocho. Ahí no más lo escuché pensar seis. 1...2...3... seis dijimos los dos al mismo tiempo.


El Kid se fue de vacaciones a Calafate y acampó con frío. Cuando le pregunté cómo le había ido me dijo que bien, que había visto caer un pedazo de glaciar. Me mostró una foto y se sinceró: no sé la verdad, no me conmueven los paisajes. Me dan igual las montañas. El glaciar es un hielo enorme que está ahí, sin mérito de nada dijo. Y también dijo que si lo hubiese hecho alguien... que si estuviese en un museo sería increíble. Así es el kid, esas cosas dice.

Se reía histérico, miraba en círculos como un faro a ver si venía alguien. No quería hacerlo, lo lamento, un oxón es un oxón. Empezó por abajo y adelante, desencajó el plástico de las esquinas lo poco que pudo. Había que soltar las sogas. Se acostó abajo del auto, patas afuera, encontró un nudo y lo desató. El plástico cedió, lo levantó hasta la altura de la patente y la suerte tiró todo para atrás. Mirá, termina en 420. El 420 es un comodín. Es un juego diferente pero era irrefutablemente su comodín y el cielo oscuro lo había salvado. Propuso que volviésemos otro día con la escalera, la dejamos abierta al lado y lo hacemos, estaba entusiasmado de repente. Sacó la idea de un video en youtube: son dos tipos vestidos con uniformes iguales, unos mamelucos, y llevan una escalera. Entran al teatro, al congreso, a donde quieren, nadie desconfía, le parecen estrellas. Ángela propuso que fuéramos el miércoles al cine con la escalera, que si arreglaban algo era el día que era barato. Para qué, para entrar. Entrar y llegar lo más lejos posible. Subir las escaleras mecánicas con la de madera a cuestas y plantarla en algún lado. Comprar pochoclo y cambiar un foquito de luz. Eso, para cambiar un foquito de luz. Las copas se habían vaciado con el auto envuelto y con todo lo que se postergaba, así que doblamos en la esquina y encaramos para casa, el miércoles vamos al cine.


La vereda de Felipe Vallese estaba tapada de hojas, casi parecía que caminábamos por el campo tanto ruido a hojita quebrada. Abrieron una nueva cervecería en las canchas de tenis de a la vuelta. Se escuchaban los fanáticos gimiendo, dándole fuerte con la raqueta todavía, tarde a la noche. Le dije a Ángela oxón a que pedís que te llenen la copa con cerveza y que sea roja que me gusta más. Quedamos en jugar a diez y volví a leer la mente: cuatro, cuatro se repetía como para no olvidar. 1...2...3... cuatro, las dos al mismo tiempo. Caminamos los tres hasta la puerta, pero Ángela entró y salió, sin tiempo en el medio. Empezó un discurso sobre la justicia, sobre el día que el Kid haga su oxón, todo lleno de palabras arcaicas, como arcaicas, honra, lealtez. Lealtad, desafié. Lealtitud, me contestó dispuesta. Lealtición, le dije y la provoqué con los ojos, hubiera sacado una espada. Lealtimiento, atacó.

Lealtidad.

Leal.

Lealtura.

Lealtismo, duró y yo me rendí, no iba a pedir cerveza.


Conozco una persona a la que le oxonearon cada vez que pases por un Grido tenés que comprarte un cuarto de kilo. Y ella manda las fotos por el grupo de whatsapp comiendo helado. Es gente que sabe vivir, se toma la vida en serio. Pensé en ella. Pensé en Odo comiéndose una cebolla cruda en la playa, aceptando su derrota. Pensé en la torta de banana y chocolate que no habíamos hecho por no ir a comprar harina leudante. Pensé en arreglar el reflector de la terraza y la cortina del baño. En trasplantar el limonero. En llamar al abuelo. En la pila de libros en la mesita de luz. Pensé en el Kid diciendo que se quiere mudar. En los pantalones que Ángela no terminó de coser. Pensé que nunca íbamos a ir al cine con una escalera y que nunca íbamos a desenfundar el auto. Quise romper la copa contra el piso y no lo hice. Desee que no fuéramos otra vez estos superhéroes desperdiciados. Me enojó que llevásemos nuestros nombres como trajes con poderes y que no sirviesen para nada. Le dije Julián, llevá un rato al perro.


Las cosas deberían estar bien hechas. Y sí. Qué querés que te diga. Todas las cosas, bien hechas. Hechas hasta el fondo y con todas las ganas. O por lo menos bien hechas. Por lo menos. Ser como deben ser, porque deben. Las cosas con buenas terminaciones. Los bordes prolijos. Elásticos. Buenos los modales, nada de escupir. Hechas con esmero las cosas. Con honra y con modestia. Ni finas ni espesas, doradas. Con ruido de alcancía. En orden alfabético. Las líneas rectas, con regla si hace falta. Y hace falta. Que sean tal como es la idea, de detalle minucioso. De ortografía precisa. De mármol tibio. Funcionales y decorativas, al dente. Suaves. Mullidas, de peluche. De revoque pulido, pintadas con rodillo. Barridas.

Las reglas del ajedrez

El encastre de los rastis

Los tornillos

Un encendedor bic

Lydia Davis le escribe a una compañía diciendo cómo está mal diseñado su paquete de arvejas. Bien hecho, Lydia Davis, bien hecho.

El baño tenía una ducha y azulejos rosa viejo, rosa muerte. Vicente Lechuga se encargó de la obra: poner cemento y alisarlo en el piso y en las paredes. Subir una bañera de ochenta kilos por la escalera y conectar el tapón con el desagüe. Es una bañera que se apoya sobre sus patas de león. La instaló dos centímetros lejos de la pared. Cada vez que me ducho cae tremenda cantidad de gotas afuera. Por el codo. Tengo, digamos, las manos en la cabeza, es decir los codos a la altura de las orejas porque me enjabono el pelo corto. Y una tirita de agua descuidada y macabra salta entusiasta por mi codo hasta la pared. Lo puedo dirigir, claro, para un lado y para el otro mi codo pistola. Pero para lavarme la cabeza no queda otra que apuntar el chorro a la pared. A la pared que está separada por un hueco de la ducha, perverso Vicente. Si el piso estuviese inclinado hacia la rejilla, todavía. Pero a Vicente se le ocurrió hacerlo con un nivel. Con un nivel, como si fuera cosa fiable. Vicente Lechuga confía en el aparato de medición. Cuenta la pared, dos metros treinta dice el muy crédulo. Así arma el piso a nivel, lo empasta de cemento, el borde de la rejilla es un enchastre. ¿Y para qué me ducho si tengo una bañera, no es cierto? ¡Es que es lindo ducharse! El agua cae desde el codo, resbala contra la pared y termina desarmada en el piso, como llorada. Y ahí queda porque el piso no se tuerce hacia la rejilla. Estancada en ese templo de cuatro columnas que son las patas de león y la bóveda bañera. Humedece el cemento que se vuelve más oscuro porque ay Vicente, no quedó impermeable. Crece la mancha fría, se ensancha de agua. Es cosa de minutos, me froto con la toalla los pelos llovidos y el piso es pura mancha. Mancha de cemento más gris. Tengo que mover el cuadrado de alfombra, tengo que pasar el palo escurridor y escoltar el charco hasta la rejilla. El plástico se traba con las patas, es largo el palo y retumba contra el hierro. Hay que arrastrar y arrastrar el agua fuera de ahí. Adiós, caldo de jabón, hasta nunca, cosa mal hecha.

Otro final para las gotas de ducha:

Pienso en cubrir el hueco con madera, barnizar las dos caras. Un pedazo de tronco chato que acompañe el ángulo de la esquina, la curva de la bañera, el fino espacio a lo largo. Que encaje blando y que lo adorne y lo apriete el sellador de silicona. Que ahí acampe el yampú, poder sacar ese estante de plástico a sopapas, pieza innoble. Tirar por fin la esponja. Que el agua caiga toda adentro, tobogán satinado. Que se enrosque en el último remolino antes de desaparecer.


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Estos textos son parte de una serie de relatos cortos en los que vengo trabajando. Como en pintura, me cuestiono las ideas de realidad y ficción, intento una búsqueda hacia la extrañeza de lo cotidiano, hacia el absurdo. Se los comparto.