La oscuridad en los arboles que no se ven 

Dice Agamben que ser contemporáneo es encontrarse con el tiempo propio desde un desfasaje, un lugar que no es este lugar, un espacio que es un escenario paralelo al de la época. También dice que el ser contemporáneo es raro, porque nota en esa oscuridad una luz que se dirige hacia él y a la vez se aleja infinitamente: “contemporáneo es aquel que percibe la oscuridad de su tiempo como algo que le incumbe, y no cesa de interpelarlo, algo que más que cualquier luz, se dirige directa y singularmente a él”. No se trata de la oscuridad como impenetrable o anónima, sino de la oscuridad como parte de lo que el contemporáneo es y vive, de un presente camuflado que busca apropiarse.

Hay algo en los cuadros que al mirarlos me hacen sentir cosas que podrían nombrarse con palabras parecidas a las suyas. Barthes dice que la palabra está hecha de una sustancia química. Tiene el poder de la materia. La pintura también. Me gusta pensar que en los cuadros hay un encuentro que no vale por lo que se comprende del otro sino por ocupar un mismo espacio: jugar juntos un mismo juego. Ponerse y sacarse la ropa, quebrar el cuerpo y volverlo a armar, sacar a pasear al perro. Tal vez se trate de que no importa de dónde somos o lo que hacemos adonde estamos. Importa que estamos haciendo algo (lo que sea) con lo que nos dieron, este cuerpo extraño, que ahora creemos propio. También me gusta pensar en el trance: caminar por la oscuridad es como coger y prender la luz, pararse a ir al baño. Y mientras tanto un foco de luz alumbra las caras e ilumina un momento específico para ser visto. Devela una intriga generacional, una forma de moverse y de sentir compartida y profundamente solitaria. Mientras tanto las figuras se tuercen entre las ramas. Mientras tanto hay una escena que contiene un tiempo alternativo al tiempo cronológico, en donde personajes que se nos parecen pero son estrictamente lo contrario, viven con el privilegio y el martirio de estar congelados para siempre en un hábitat que los delinea y los contiene.

Hay un momento en el que mirar podría ser para siempre. Después levanto la vista y vuelvo a esta realidad, en la que por alguna razón intento, sin poder, explicar lo que pasó: ¿Quisiera ser ellos? ¿Quisiera que esas escenas fueran mis opciones de ser en el mundo?

Florencia Melik, 2019