CARTA A UNA PASEADORA DE PERROS

Para Ana con estima,

Hace poco mas de dos meses volví a Buenos Aires. Ya llené la azucarera por lo menos cuatro veces, tanto café. Hoy se vació el salero por primera vez y por no llenarlo usé salsa de soja. Estoy hablando de sacar la basura, Ana, de planchar la ropa o tender la cama: de la inercia y de los rituales.

A las nueve y media, siempre pasadas, suena el portero y con un tono que pretende ser casual y hasta intrigado digo ¿holá? Y la voz, tu voz, se escucha entrecortada y con un zumbido sordo de fondo, maldito aparato. Decís cada vez Soy Ana vengo a buscar a Talo. Una bronca se acumula adentro, entre el pecho y la garganta y contesto ahí bajo. Sueno de buena gana, me ocupo de eso.

Es una bronca a la naturalidad inducida de la repetición. A tener de lunes a viernes el mismo intercambio de palabras coordinadas en torno a la comodidad de abrir un cajón y saber que ahí, inamovibles, van a estar las cucharitas para revolver el café al que voy a ponerle un poco más de la mitad de una cucharadita del azúcar que va bajando día a día en la azucarera azul. Una rabia, Ana, que sube y me nubla la vista de ver al perro que salta como un desaforado dándome vueltas alrededor, metiendo un pata en el pote con agua y dejando sus huellas en la diminuta cocina. De saber que va a correr escaleras abajo y que cuando yo llegue va a estar a dos patas frente a la puerta de vidrio y vos, Ana, sonriéndome, un poco incómoda, porque también debés sentir la repetición. La tenés que ver. Y un día, pienso, voy a bajar con esta maraña en la cabeza y voy a decirte: Ana, Ftalo se escribe con una efe muda que también podría ser pe-hache. Ftalocianina, es un pigmento azul, un día subís y te muestro cuál. Pero no lo voy a hacer. Sé que no. Pero vos no tenés la culpa, Ana, ya lo sé. Y yo tampoco la tengo. No me mires así cuando con una mueca torcida y un tono que me recuerda al de mi madre cuando disimula su incomodidad, te saludo como todos los días, hola Ana qué tal. Yo tampoco tengo la culpa de que cuando ponés las milanesas en el horno y lo volvés a abrir, sigan ahí, dorándose en el tiempo lineal. Sería lindo, Ana, abrir el horno y encontrar el pan rallado en su bolsa de plástico amarilla y los huevos todavía con cáscara y sin batir. Y no asustarse ni pensar cómo si yo ya las había preparado. Sería lindo, Ana, abrir el libro y que ahí, encima de la palabra tan hermosa que subrayaste, estuviesen las milanesas que quisiste comer mañana.

Creo que podemos, Ana, decir de vez en cuando alguna otra cosa en el portero eléctrico.