Cosas bien hechas

Las cosas deberían estar bien hechas. Y sí. Qué querés que te diga. Todas las cosas, bien hechas. Hechas hasta el fondo y con todas las ganas. O por lo menos bien hechas. Por lo menos. Ser como deben ser, porque deben. Las cosas con buenas terminaciones. Los bordes prolijos. Elásticos. Buenos los modales, nada de escupir. Hechas con esmero las cosas. Con honra y con modestia. Ni finas ni espesas, doradas. Con ruido de alcancía. En orden alfabético. Las líneas rectas, con regla si hace falta. Y hace falta. Que sean tal como es la idea, de detalle minucioso. De ortografía precisa. De mármol tibio. Funcionales y decorativas, al dente. Suaves. Mullidas, de peluche. De revoque pulido, pintadas con rodillo. Barridas.

Las reglas del ajedrez

El encastre de los rastis

Los tornillos

Un encendedor bic

Lydia Davis le escribe a una compañía diciendo cómo está mal diseñado su paquete de arvejas. Bien hecho, Lydia Davis, bien hecho.

El baño tenía una ducha y azulejos rosa viejo, rosa muerte. Vicente Lechuga se encargó de la obra: poner cemento y alisarlo en el piso y en las paredes. Subir una bañera de ochenta kilos por la escalera y conectar el tapón con el desagüe. Es una bañera que se apoya sobre sus patas de león. La instaló dos centímetros lejos de la pared. Cada vez que me ducho cae tremenda cantidad de gotas afuera. Por el codo. Tengo, digamos, las manos en la cabeza, es decir los codos a la altura de las orejas porque me enjabono el pelo corto. Y una tirita de agua descuidada y macabra salta entusiasta por mi codo hasta la pared. Lo puedo dirigir, claro, para un lado y para el otro mi codo pistola. Pero para lavarme la cabeza no queda otra que apuntar el chorro a la pared. A la pared que está separada por un hueco de la ducha, perverso Vicente. Si el piso estuviese inclinado hacia la rejilla, todavía. Pero a Vicente se le ocurrió hacerlo con un nivel. Con un nivel, como si fuera cosa fiable. Vicente Lechuga confía en el aparato de medición. Cuenta la pared, dos metros treinta dice el muy crédulo. Así arma el piso a nivel, lo empasta de cemento, el borde de la rejilla es un enchastre. ¿Y para qué me ducho si tengo una bañera, no es cierto? ¡Es que es lindo ducharse! El agua cae desde el codo, resbala contra la pared y termina desarmada en el piso, como llorada. Y ahí queda porque el piso no se tuerce hacia la rejilla. Estancada en ese templo de cuatro columnas que son las patas de león y la bóveda bañera. Humedece el cemento que se vuelve más oscuro porque ay Vicente, no quedó impermeable. Crece la mancha fría, se ensancha de agua. Es cosa de minutos, me froto con la toalla los pelos llovidos y el piso es pura mancha. Mancha de cemento más gris. Tengo que mover el cuadrado de alfombra, tengo que pasar el palo escurridor y escoltar el charco hasta la rejilla. El plástico se traba con las patas, es largo el palo y retumba contra el hierro. Hay que arrastrar y arrastrar el agua fuera de ahí. Adiós, caldo de jabón, hasta nunca, cosa mal hecha.

Otro final para las gotas de ducha:

Pienso en cubrir el hueco con madera, barnizar las dos caras. Un pedazo de tronco chato que acompañe el ángulo de la esquina, la curva de la bañera, el fino espacio a lo largo. Que encaje blando y que lo adorne y lo apriete el sellador de silicona. Que ahí acampe el yampú, poder sacar ese estante de plástico a sopapas, pieza innoble. Tirar por fin la esponja. Que el agua caiga toda adentro, tobogán satinado. Que se enrosque en el último remolino antes de desaparecer.