Nos miran. Están hechos, eso es claro, de pinceladas de colores, de líneas al fin porque la mano no puede evitarla cuando empuña un pincel; puede superponerlas hasta lograr una mancha pero acá no hay manchas, a lo sumo planos que no ocultan su constitución, su condición casi orgánica —porque si hay algo que la pintura muestra siempre, aunque más no sea como huellas, es el cuerpo que la hizo—, el pulso que agita, mínimo y vital, a la mano que pinta, que desliza el pincel sobre el lienzo. Hay líneas vivas, entonces, que vibran de la vida del ser que las trazó y vibran de sus propios colores y vibran, también y sobre todo, de la vida que representan, que capturan: la del artista y la del cuadro mismo y, acá hay cuerpos, la de los representados. Vueltos a poner ahí, presentados y, una vez más, presentados pero ahora en la mediación de la pintura. Hechos cuadro, trazo, color, signo, nos miran, nos interpelan, nos suponen ahí enfrente de ellos, nos ponen en un lugar, el fuera de cuadro: nos incluyen afuera.

Hay un chico joven que nos mira directo a los ojos mientras otro, que le habla, con los párpados bajos, no mira más que su propio susurro. Un tercero, que parece mayor que los otros dos, los mira a ellos. 

Hay una adolescente que se mutila —se las corta pero el gesto parece mutilarla— pestañas y cejas mirándose en un espejo que no podemos ser más que nosotros.

Hay dos chicos sentados en una bañera bajo la luz roja de unas lámparas chinas y las azuladas que emite algún laser, como esperando que la esta arranque o dejándola caer plácidamente. Uno de ellos mira hacia abajo, hacia la lata de cerveza que sostiene en la mano. La otra nos mira directamente a los ojos. Es la artista, que se pintó metiéndonos adentro de la esta o dejándonos afuera: en cualquier caso, tensando una distancia a fuerza de mirada.

Nos miran, nos obligan a mirarlos, nos interpelan, están hechos de pinceladas que son líneas de colores y huellas del pulso vital de un cuerpo, el del artista. Y se trata de una clase de artistas en particular: los que quieren representar algún pequeño fragmento de este mundo de modo tal que nos interpele a todos. Artistas que hacen obras que se nos

brindan, que nos invitan a entrar. A todos. Artistas de los más ambiciosos, los que quieren dialogar no sólo con los especialistas sino con sus contemporáneos en general. Por eso nos miran, porque desafían: a sí mismos y a nosotros también.

Y son potentes y hermosos.

 

Gabriela Cabezón Cámara, 2019